“Etreso biografías nace para inmortalizar su vida.”

Ladislaw y Fryderik se encontraban a solas en una enorme biblioteca. El arquitecto de aquel Conservatorio no había reparado en medidas al construir aquella maravilla en pleno centro de Estrasburgo. Allí, entre libros y vino de Sancerre, estos dos músicos compartían pasiones viejas y nuevas que hacían inquebrantable su forjada amistad.

  • ¿Sabes Fryderik? Quizás te parece desconcertante mi pregunta, pero… ¿Cuántas cosas hay en esta vida que aún no tienen nombre? – preguntó Ladislaw mientras le servía una copa de vino a su amigo.

Fryderik, antes de contestarle, dirigió curioso su mirada al artesonado de bronce que decoraba el techo de la habitación.

  • Jamás lo había pensado, aunque conociendo al ser humano, seguro que a todo lo malo ya le hemos dado nombre, ¿verdad? – le respondió mientras le agradecía asintiendo que le llenase la copa de nuevo.

  • Desde luego. Y sin embargo, fíjate que hasta a lo que todos deseábamos, le encontraron nombre. Y le llamaron utopía. Y fueron más allá, ¡que lo definieron como lo inalcanzable!

Ladislaw dejó la botella junto al sillón de Fryderik y atravesó lentamente el salón, dejándose caer sobre el sofá de terciopelo que había frente a su amigo.

  • Somos especialistas en la autofrustración, de eso no me cabe duda. –de repente, el rostro de Fryderik se llenó de entusiasmo- Aunque escucha lo que te propongo: ¡echemos a la desidia de esta sala! Sinceramente, me parece fascinante tu observación. Es más, te invito a que pensemos en cuántas cosas bellas existen sin nombre. ¿No has pensado en lo grandioso que esto puede ser?

  • ¿Por qué grandioso? – replicó Ladislaw un poco desconcertado por la agitación de Fryderik.

  • Me sorprende que no te des cuenta Ladislaw. Si no tienen nombre, podremos ponerle el que queramos, ¡nadie podrá rebatirlo! Serán nuestros conceptos, y tendrán que aceptarlos por no existir elección.

Ladislaw dibujó una sonrisa gratificante en su rostro por la ocurrencia de Fryderik. A pesar de que el pensamiento había sido suyo, su amigo había sabido captarlo y llevarlo más allá.

Por unos segundos, en la sala reinó el silencio, como si un grupo de ángeles se hubiese detenido a descansar en aquella biblioteca. Sólo con una breve mirada, ambos habían comenzado un desafío: encontrar algo que no estuviese definido en una palabra. Nadie sabe cuánto tiempo estuvieron callados.

  • El etreso. – dijo finalmente Fryderik esbozando una extraña sonrisa.

  • ¡Me gusta la palabra! – respondió Ladislaw- ¿Qué será el etreso?

  • El arte de narrar tu vida. El de escribirla ya sabemos que lo acapara la biografía. Ahora bien, no existe palabra para el arte de contar la vida, contarlo todo o casi: desde lo crudamente vivido a lo sutilmente taimado, inventado, ornamentado y ocultado.

Ladislaw digirió poco a poco con seriedad las palabras de su amigo. La sonrisa volvió rápidamente a su rostro y sus ojos se le iluminaron. Se levantó de nuevo para acercarse a Fryderik y brindar de nuevo sus copas de Murano.

  • Por el etreso. –dijo Ladislaw- A fin de cuentas, todos hacemos un poco de él cada día de nuestra vida.

  • Por el etreso. –le repitió Fryderik mientras brindaban.

 

Fragmento de la novela “Las huérfanas de Fryderik”,
cuya publicación se prevé para Noviembre de 2020.
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